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Diario de Empar Fernández (III): El silencio

"Los escritores no somos ni mejores ni peores personas que los demás, simplemente escarbamos algo más hondo"

 

Es una evidencia que los personajes que crea un novelista no sólo contribuyen a desarrollar una historia, también nos hablan de su autor. A menudo el protagonista de una novela encarna las aspiraciones de su creador, las sublima. El personaje, hombre o mujer, es lo que el escritor casi con toda seguridad no llegará a ser jamás, por lo menos en esta vida. Y, sinceramente y a diferencia de Shirley McLaine, no creo que haya otras. Es un intento bastante conseguido de ser aquello que nos viene grande (un investigador intrépido, una ejecutiva de éxito, un deportista de élite…), de dibujar en el aire y con el dedo aquello en lo que podemos convertirnos si nos dejamos caer (un alcohólico irredento, la perdedora de todas las batallas, una adicta al sentimiento de culpa, una perversa disfrazada de amorosa madre…) o bien, simple y llanamente, la plasmación, negro sobre blanco, de nuestro lado más oscuro (violadores, pederastas, asesinas en serie, urdidoras de trampas…).

El catálogo de posibles personajes de ficción es infinito, una especie de “Quién es quién” con innumerables atributos. Y algunos nos pertenecen. En todos cuantos personajes creamos hay algo de nosotros aunque a menudo no sepamos reconocerlo o nos refugiemos cómodamente en la negación asegurando a quién quiera oírlo que todo cuanto pueden los lectores encontrar en la novela es pura y dura ficción. Alguien puede replicar que en ocasiones no es el personaje, sino la situación en que lo coloca su autor lo que establece un vínculo entre ambos. Cierto.  Pero no nos engañemos, los escritores no somos ni mejores ni peores personas que los demás, simplemente escarbamos algo más hondo.

 

"A raíz de una circunstancia vivida hace unos días, he vuelto a reconocer en Enric Nasarre algo de mi propia vida"

No es la primera vez que utilizo esta sección para reflexionar sobre todo ello, pero es a raíz de una circunstancia vivida hace unos días que he vuelto a reconocer en Enric Nasarre algo de mi propia vida, de mi propio temperamento. Durante la Fiesta Mayor de la población en la que llevo viviendo exactamente media vida, me aproximé a uno de los puestos de venta de bocadillos y bebidas para aprovisionar a mi familia. El lugar exacto en el mostrador en el que entregabas el billete y te devolvían tu cambio estaba justo al lado del amplificador por el que la música atronaba sin contemplaciones. Guardé cola soportando estoicamente un volumen insufrible, pero durante unos segundos, profundamente alterada e incapaz de soportar el torrente de decibelios, a punto estuve de marcharme sin recoger el pedido ni el dinero sobrante. Fue entonces cuando comprendí que Enric Nasarre hubiera renunciado al puñado de euros que en justicia eran suyos y se hubiera largado. Quizás ni tan siquiera se hubiera acercado.

Yo, como mi detective sesentón, detesto el ruido fragoroso aunque algunos se empecinen en llamarle música, necesito el silencio como otros necesitan correr, bailar o practicar artes marciales y tras pasar unas horas en compañía preciso de otras tantas de descompresión. Como los buzos, como los astronautas, como algunas personas que tienden a la soledad y que a menudo pasan por raras y extravagantes a juicio de sus semejantes. Y, aunque Nasarre y yo no compartamos una carga genética, alguien debería poner un nombre adecuado a esta forma tan especial de parentesco.

 

Empar Fernández

 

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Conoce un poco mejor a Empar Fernández

Entrevista con Empar Fernández, por Sin causa aparente

Reseña de Sin causa aparente, publicado en Editorial Plataforma

Reseña de Mentiras capitales, publicado en Editorial Alianza

Reseña de La cicatriz, publicado en Editorial Multiversa

Reseña de Un mal día para morir, publicado en Editorial Pàmies

Primera entrega del diario de su próxima novela

- Segunda entrega del diario de su próxima novela



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