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In-Edit 2011: Hippies, movida’s y raves

El festival cerró superando la cifra de los 30.000 espectadores

 

Como si fuera algo que está pasando en ese preciso momento, en un mundo real. “Españoles, Franco ha muerto” -comienza el documental Galicia Caníbal, de Antón Reixa- y la [siempre abarrotada] sala se revuelve, aplaude y celebra, como si el meapilas hubiera planchado la oreja minutos antes de acomodarnos en la butaca. Es el público del descaro emocional, de la sonrisa fácil, del aplauso intenso. Si suena el comienzo de The End e intuyen la sombra de Jim Morrison en pantalla, las miradas se abren de sobremanera. Y si la cámara de Murray Lerner enfoca el gesto poseído de Hendrix tocando la guitarra en la Isla de Wight (cursivas porque debería haber otro verbo para Johnny), las bocas se abren y quedan en punto muerto hasta que la escena termina y alguno percibe que poco le faltó para babear. En el In-Edit, cuando se apagan las luces, la melomanía pasa a un estado de trance.

Hay un gesto de indignación en la sala cuando algunos de los responsables del movimiento ravero en Gran Bretaña (los que pasaban la semana buscando un local abandonado para ocupar el sábado noche) cuentan -en los documentales High on Hope (de Gordon Mason) y They Called It Acid (de Piers Sanderson)- cómo la policía intentaba frenar sus intenciones sin escatimar medios. Alguien frunce el ceño mientras niega con la cabeza cuando las imágenes muestran la brutalidad de las fuerzas del orden inglesas contra aquellos jóvenes que sólo pretendían bailar sin preocuparse por unas horas de no tener un duro en casa (tampoco para comprar ropa cara o tickets para ir a aquellos clubes de moda llenos de borregos uniformados que recogían su propio vómito a las dos de la mañana y marchaban a dormir con papá y mamá). Los entresijos de cada rave (y su consecuente parafernalia para librarse de la pasma), el sentimiento de “estamos haciendo una revolución” y la experiencia casi mística de cada encuentro en pro del acid house son narrados de manera exquisita tanto en High on Hope como en They Called It Acid. Aunque sería injusto no decir que el segundo se lleva la palma. High on Hope es más específico, localizado sobre todo en las fiestas ilegales de Blackburn. Y quizá por ello cuenta con menos testimonios. They Called It Acid habla con los principales djs del movimiento (Carl Cox, Alfredo, Paul Oakenfold), con la policía encargada de las operaciones contra las raves, con algunos cargos del gobierno de antaño, con raveros conocidos (el escritor Irvine Welsh o Bez, de los Happy Mondays) y otros que algunos no se esperaban (Noel Gallagher, de Oasis). They Called It Acid es un manual exuberante sobre la cultura del acid house al que solamente le faltó el punto y final de High On Hope: el tema My House, de Chuck Roberts. El sueño, en ambos documentales, termina como casi siempre: comercialización, normalización, Pachá haciéndose rica, camellos apaleándose por el control de una discoteca. A medida que el consumo de drogas se fue normalizando, -explica Matthew Collin en su libro Estado Alterado- la criminalidad se fue democratizando. Lo que Irvine Welsh llama “generación química” fue también una generación de delincuentes.

Desconocía que Jimmy Hendrix había copiado el arte destructivista de los Who en el festival de la Isla de Wight reventando su guitarra en el escenario con el ademán propio de Pete Townshend (guitarra y cabeza pensante de The Who, quienes actuaron justo antes que el de Seattle en aquel verano de 1970). Tampoco que a Noel Gallagher le gustaría que el solo de bajo del tema My Generation (de The Who) fuesen palabras para poder grabarlas en su lápida. Amazing Journey: The Story of The Who es una meticulosa biografía audiovisual de uno de los grupos más grandes de la historia, contada por los supervivientes de la banda (Pete y Roger) y que incluye testimonios de Sting, The Edge o Noel Gallagher. Aunque la actuación esté disponible en youtube (y en la sala hubiera gente que la llevaba requetevista), cuando los explosivos que Keith Moon había escondido en su batería estallaron al terminar el tema My Generation en aquel programa de televisión llamado The Smoothers Brothers Comedy Hour, el público del In-Edit jaleó y aplaudió como si nunca lo hubiera visto o como si prácticamente estuviese presenciando un directo.

Cuando un documental está dedicado a un grupo o a un artista, sabes que tienes al auditorio más a punto si cabe. Quizá por eso en Craked Actor: David Bowie (dirigido por Alan Yentob), se escucharon murmullos y suspiros cuando pudo verse la impactante imagen de un Bowie completamente desubicado en la parte trasera de un coche, con los ojos enrojecidos y vidriosos, afirmando que en EEUU se sentía como una mosca en la leche. Este documental narra una época concreta de su vida: 1974, enganchado a la cocaína, haciendo cada vez más real su teatro, poniendo en escena a uno de sus grandes personajes: Ziggy Stardust. Los que disfrutaron (disfrutamos) algo menos con el documental, fueron (fuimos) los que esperábamos algo más. Más minutos, más etapas de su vida, más testimonios. Aún así, resultó intenso.

“Yo quiero ser Alaska, salir siempre en el Hola, tocar en el Rockola y quedarme con la vasca”. Lo cantaba Siniestro Total y reflejaba la filosofía de otros tantos grupos gallegos que aparecieron a la par que la Movida madrileña (Golpes Bajos, Os Resentidos…). Galicia Caníbal, dirigida por Antón Reixa (de Os Resentidos) habla de aquel sentido del humor en las letras de los grupos gallegos y recorre el Vigo de los 80, su música y sus garitos, y las diferencias entre lo que se hacía en la ciudad gallega y en Madrid. Como afirma José Manuel Lechado en su libro La Movida, una crónica de los 80: Siniestro Total no tenía el menor complejo en reivindicar el sexo rápido, las borracheras largas y la coña en estado puro. Y si Galicia guardaba diferencias con Madrid, el País Vasco miraba a esta última desde lejos, de hecho la etiqueta que cubre a la música que se dio en aquel momento (bien o mal puesta) es Rock Radikal Vasco, nombre que también da título al documental de Begoña Atutxa que se proyectaba en las salas del festival In-Edit junto al anterior. Lo de los grupos del País Vasco era la descendencia más directa del punk inglés, reflejada en el anti-todo al que cantaban los Eskorbuto al estilo sexpistoliano. Poco tenía que ver el tema Mucha Policía, Poca Diversión de los Eskorbuto con aquel Voy a ser Mamá, que cantaban Fabio McNamara y Pedro Almodóvar. Y eso es lo que refleja a la perfección Rock Radikal Vasco: la esencia cruda y visceral de aquellos grupos de los 80 (la Polla Récords, Cicatriz, Kortatu, Barricada…) a través de sus protagonistas (los que quedan). Ambos documentales parecen hacer alarde de la rapidez con la que se consumió aquel momento musical, narración a ritmo estrepitoso.

A los que vieron Woodstock: 3 Days of Peace and Music (de Michael Wadleigh), el documental Message To Love: The Isle of Wight Festival (de Murray Lerner), les resultará (salvando las distancias) ciertamente familiar. En la pieza audiovisual de Lerner se ve el final de una época abocada a ello, viajes psicodélicos, el capitalismo haciéndose con las flores, batallas campales por el “derecho” -que algunos reivindicaban- a entrar gratis en el festival… Y en el escenario Hendrix, Morrison, Joan Baez, Ten Years After… Y un derruido promotor del festival que termina por refugiarse en un deseo ante las no-ganancias que estaba obteniendo: ver a todos los asistentes (unas 600.000 personas) cogidos de la mano. Cuando lo consigue, se retira con los ojos brillantes y el rostro triste tras un “thank you” seguido de un aplauso.

De los siete documentales, ninguno da tregua al pestañeo, aunque siempre entren en juego las debilidades musicales de cada uno. Creo haber visto el aplauso más intenso al terminar Amazing Journey: The Story of The Who; las sonrisas más amplias en They Called It Acid, y la admiración más excelsa en la mirada del público asistente a Cracked Actor: David Bowie.

 

Alicia Álvarez Vaquero



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