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Entrevista con Gonzalo Giner, autor de ‘El jinete del silencio’

Después de 150.000 ejemplares vendidos de El sanador de caballos (Temas de Hoy), el autor madrileño Gonzalo Giner vuelve a la carga con una novela histórica también inspirada en el mundo equino, aunque yéndose esta vez al otro lado de la moneda. En El jinete del silencio (Temas de Hoy) ha preferido centrarse en el poder curativo que tienen los caballos en las personas. Centrada en el siglo XVI, la trama arranca con el nacimiento de Yago, un niño jerezano afectado por el síndrome de Asperger (trastorno dentro del espectro del autismo). Alejado de su madre a la fuerza y abandonado varias veces hasta ser acogido en la Cartuja de Jerez, Yago sufrirá la incomprensión y el desprecio de quienes le rodean hasta que descubra que solo cuando monta a caballo es capaz de expresar lo que ha estado guardando durante años en su interior, lo que le llevará a mostrar un don especial con estos animales en un momento de la historia de España en la que el emperador Carlos V está obcecado en que la raza del caballo cartujano sea motivo de orgullo en todo el Imperio.

El autor, en la Yeguada de la Cartuja de Jerez / Foto: Manel Haro

 

“Quería un personaje complejo capaz de identificar cosas sensibles que a otros les parece imposible”

 

Manel Haro. Jerez de la Frontera

¿Por qué decide recuperar la figura del caballo para esta novela?

Como veterinario y como escritor tengo mucho respeto por un animal que lo ha dado todo por el hombre a lo largo de la historia. Gracias a ellos, hemos sido capaces de transportarnos a sitios a los que no nos hubiéramos movido nunca, mandar mensajes a través de montañas y recorridos impresionantes, además de que nos ha ayudado en el campo y en las guerras. Hasta hace relativamente poco, los caballos han estado muy presentes en nuestras vidas; por ejemplo, Inglaterra mandó al frente de la I Guerra Mundial 50.000 caballos, de los que solamente volvieron 1.500. Además, el caballo tiene algo que nos produce una especial atracción frente a otros animales: es magno, grande, con unas proporciones interesantes… Hay estudios que dicen que si mides determinadas distancias en este animal y haces una proporción, responde al número áurico, que es el que se repite en las catedrales.

Usted es veterinario, supongo que el hecho de estar con animales también le ayuda a imaginar este tipo de novelas…

Soy veterinario cuatro días a la semana, pero yo me dedico a animales tipo terneros y rumiantes. Trabajo en el mundo de la nutrición animal, pero no con caballos. Sin embargo, es un animal que me atrae mucho, como les ocurre a tantas personas.

¿El jinete del silencio guarda la misma esencia que El sanador de caballos?

Sí, aunque no es una continuación de El sanador de caballos. En aquella había una historia de la Edad Media sobre el oficio de sanar caballos, mientras que en esta me interesaba mucho entender cómo podía ser al revés, cómo un animal puede ser generoso sin saberlo con una persona limitada, como es el caso del protagonista, que tiene el síndrome de Asperger. Ambas comparten el ritmo de la narración, la cantidad de acción, la importancia de los personajes secundarios y los escenarios, pero son diferentes y una no continúa la otra.

¿Tenía claro desde el principio que quería escribir una novela sobre el poder curativo de los caballos sobre las personas, en lugar de lo contrario, como ocurría en su anterior obra?

Lo tenía clarísimo, quería escribir la historia de un autista, o de un Asperger, en el Renacimiento, porque es un momento en el que se produce un cambio en los caballos y donde la sensibilidad era importante. Quería un personaje complejo capaz de identificar cosas sensibles que a otros les parece imposible. Ese es el juego de la novela. Cuando un artista crea, consigue que de una obra suya alguien sienta algo especial; es decir, produce emoción. Pero me preguntaba qué puede ocurrir cuando el creador es incapaz de controlar sus propias emociones y lo que tiene que crear no es una obra de arte, sino un caballo. En ese juego es en el que me apetecía entrar.

¿Conoce a alguna persona con el síndrome de Asperger, en quien se hayan inspirado?

No conozco a nadie con autismo ni Asperger, pero una maravillosa fuente documental ha sido el caso de Temple Grandin, doctora en la Universidad de Illinois con este síndrome, que fue capaz de explicar cómo piensa un Asperger, cómo siente, por qué no siente, por qué no es capaz de enamorarse, por qué no identifica en una mirada lo que estás diciendo y por qué tiene dificultades de percepción de las emociones complejas. Ella fue capaz de identificarlo y escribirlo. Además, ella es experta en animales y tiene una empresa que se dedica al diseño de instalaciones ganaderas, porque es capaz, en unos segundos, en entender el comportamiento, el miedo, de algunos animales. Ese juego de sensibilidades es por el que me muevo en la novela.

¿El arte ecuestre ya existía en el Renacimiento?

Sí, precisamente el hecho de elegir el Renacimiento es porque en aquella época tiene lugar el nacimiento de la primera escuela de equitación, en Nápoles. En Italia, durante el Renacimiento, el caballo era objeto de adoración, hasta el punto de que se sustituyeron las estatuas de pensadores y sabios romanos y griegos para poner caballos, porque representaban el espíritu caballeresco y de honra.

Parece ser que Carlos V y luego Felipe II estaban muy interesados en crear una raza de caballos que fuera el orgullo de su Imperio.

Sí, a Carlos V le encantaban los caballos. Siempre estaba de viaje, visitando el Imperio o haciendo negocios. Le encantaba la caballería ligera y los protegió. Por primera vez, un rey estableció una especie de programa de selección y mejora en la cría de los caballos del sur de España. Estableció un libro de registro de los caballos y yeguas que tenían los vecinos y prohibió el cruce para producir mulas. En todos los pueblos las yeguas de casta tienen que ser cruzadas con machos también de buena casta y puso agentes que decidían cuáles tenían que cruzarse para preservar la calidad del caballo cartujano. Luego su hijo, Felipe II, estableció un sistema de crías más racional y en Córdoba montó las Reales Caballerizas, donde había un plan concreto de selección genética.

¿Y Felipe III lanzó alguna iniciativa en este sentido?

Felipe III la fastidió un poco. En el Renacimiento se preferían caballos más rectos, mientras que en el Barroco se preferían más redondeados, eso mediante selección se puede modificar. Felipe III empezó a traer caballos napolitanos para crear una raza de caballos más grandes y al mezclarlos y cruzarlos, empeoró la raza.

En toda novela histórica hay un secundario que es quien hace crecer al protagonista. En este caso es Camilo…

Sí, Camilo es un personaje secundario pero casi un principal, desempeña un papel necesario para la personalidad de Yago. Se conoce que las personas con el síndrome de Asperger tienen talentos, pero en ocasiones ni las personas más cercanas son capaces de identificarlos y hacerles entender que los tienen y los mejoren. En el caso de la terapia, es importante la figura del mentor, que es quien extrae sus virtudes. El mentor de Yago es Camilo, un monje cartujano, quien ve que tiene algo, que no es sólo el personaje del que todos se ríen. Desde su camino espiritual, decide investigar qué hay en el interior del niño.

¿Cree que es más fácil llegar al lector si una novela histórica está centrada en Barcelona o empieza a ser un tópico?

La verdad es que nunca me lo he planteado. Yo elijo el contexto histórico y un acontecimiento, y entonces es lo que me lleva a un escenario concreto. En el caso de El sanador de caballos, el arranque fundamental era en Toledo porque el primer albéitar que tuvo una incidencia importante en la época era de allí. Reconozco, eso sí, que tengo una asignatura pendiente con Cataluña, porque he vivido mucho tiempo allí y me lo pasé de miedo. Además, me regalaron unos tomos enormes de la historia de Cataluña con la que he tenido alguna que otra idea para una novela.

De la que no dirá nada, claro…

No, no (ríe). De momento solo es una idea, sin nada concreto…

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